Diputados y senadores ante la política del “sí, pero tú”
En República Nova crece la preocupación por una práctica que parece haberse instalado con naturalidad en el Congreso: la política del “sí, pero tú”. Cada vez que una bancada es cuestionada por una omisión, un error, una contradicción o una mala decisión, la respuesta tiende a desplazarse hacia el pasado, hacia el adversario o hacia la comparación defensiva. En lugar de responder por lo propio, se intenta demostrar que el otro grupo fue peor, hizo algo parecido o carece de autoridad moral para señalarlo.
La escena se repite en sesiones, comisiones, conferencias de prensa y debates públicos. Un diputado evita responder sobre el incumplimiento de una promesa señalando una falta anterior de la oposición. Un senador justifica una demora legislativa recordando que otro bloque también demoró una ley cuando estaba en el poder. Un ministro interpelado por problemas actuales recurre a la herencia recibida. Una bancada denunciada por incoherencia acusa a la otra de hipocresía. El resultado es un circuito cerrado donde nadie termina dando explicaciones suficientes.
La fórmula parece eficaz en el corto plazo porque permite defenderse sin asumir responsabilidades. Pero su costo institucional es alto. Los ciudadanos no eligen representantes para que se comporten como niños en una disputa de patio escolar. Los envían al Congreso para legislar, controlar, deliberar, corregir y construir soluciones. Cuando el debate parlamentario se transforma en una competencia de reproches cruzados, la representación pierde seriedad y la confianza pública se deteriora.
La política democrática necesita contraste, memoria y control recíproco. Señalar contradicciones del adversario puede ser legítimo cuando sirve para aclarar responsabilidades, evitar abusos o impedir que se reescriba la historia. El problema aparece cuando esa herramienta reemplaza toda explicación. No es lo mismo contextualizar una discusión que escapar de ella. No es lo mismo recordar antecedentes que usarlos como escudo para no responder por el presente.
El “sí, pero tú” funciona como una forma de infantilización del debate público. Ante una pregunta concreta, la respuesta no busca esclarecer, sino desplazar la culpa. La conducta se parece más a la lógica de un niño sorprendido en una falta que a la de un legislador consciente de su deber institucional. En vez de decir qué se hizo, qué se hará o qué se corregirá, se responde que otros hicieron algo igual o peor. La responsabilidad se diluye en una comparación interminable.
Esa práctica empobrece el Congreso porque reduce la deliberación a defensa de tribus políticas. Cada bloque habla para los propios, no para el conjunto de la ciudadanía. Los argumentos se ordenan según conveniencia, no según verdad pública. Si una medida la impulsa el propio sector, se la justifica; si la propone el adversario, se la sospecha. Si el error lo comete el grupo propio, se relativiza; si lo comete el otro, se lo amplifica. La república queda subordinada a la lealtad facciosa.
La consecuencia más grave es que el ciudadano deja de escuchar respuestas. Escucha excusas, acusaciones, ironías y comparaciones. Pero no escucha soluciones. La inflación legislativa de reproches no mejora la salud, la educación, el transporte, la seguridad, la producción ni la calidad administrativa. Una familia que espera una ley, una escuela que necesita presupuesto o una región que reclama infraestructura no obtiene nada de una bancada que solo sabe demostrar que el adversario también falló.
El Congreso de República Nova tiene funciones precisas. Debe producir normas, controlar al Ejecutivo, representar territorios, discutir presupuestos, revisar políticas y canalizar conflictos sociales. Para cumplir esas funciones necesita palabra responsable. La palabra parlamentaria no debería ser un instrumento de evasión, sino una forma de dar cuenta ante la sociedad. Cada intervención en el recinto debería acercar una explicación, una propuesta o una revisión. Cuando solo agrega ruido, el Parlamento se degrada a sí mismo.
El recurso permanente al pasado también puede convertirse en una trampa. Todo gobierno recibe problemas anteriores; toda oposición carga con errores previos; toda fuerza política tiene contradicciones en su historia. Si esa memoria se usa únicamente para bloquear responsabilidades actuales, ningún presente puede ser juzgado. Siempre habrá un antecedente peor, una frase antigua, una gestión anterior o una culpa heredada. Así, la rendición de cuentas se vuelve imposible.
El “sí, pero tú” también produce un daño moral en la cultura pública. Enseña que reconocer un error es peligroso y que lo más inteligente es devolver el golpe. En lugar de promover corrección, promueve cinismo. En lugar de fortalecer la responsabilidad, premia la habilidad para encontrar fallas ajenas. Con el tiempo, la ciudadanía aprende a esperar poco del debate parlamentario. Ya no busca verdad ni soluciones, sino espectáculo, sarcasmo y confirmación de prejuicios.
Una democracia madura necesita otra lógica. Si un legislador es cuestionado por una decisión, debe explicar esa decisión. Si un bloque cambió de posición, debe justificar el cambio. Si una política fracasó, debe reconocer sus límites. Si una promesa no se cumplió, debe decir por qué y cómo será corregida. Esa obligación no desaparece porque otro haya fallado antes. La responsabilidad pública no se cancela por comparación.
El control opositor tampoco debería caer en la misma degradación. Oponerse no significa convertir cada debate en una acusación total. Una oposición seria pregunta, fiscaliza, propone alternativas y señala costos. No necesita fingir que todo lo propio fue perfecto ni que todo lo ajeno es ilegítimo. Cuando la oposición adopta la misma lógica infantil del reproche permanente, deja de ser contrapeso institucional y se convierte en espejo invertido del oficialismo.
El oficialismo, por su parte, tiene una carga adicional. Quien gobierna administra el presente y no puede vivir refugiado en la comparación con gestiones anteriores. La herencia recibida puede explicar parte de una situación, pero no sustituye el deber de resolverla. Un gobierno que se limita a señalar culpas previas termina confesando su incapacidad para transformar la realidad que prometió cambiar. Gobernar exige más que recordar errores ajenos.
La ciudadanía tampoco es ajena al problema. Muchas veces premia al dirigente que humilla mejor al adversario antes que al que explica con mayor seriedad. Las redes sociales amplifican frases cortas, ataques ingeniosos y escenas de confrontación. El razonamiento largo, la autocrítica y la propuesta concreta circulan con menos intensidad. Así, los incentivos públicos empujan al Congreso hacia la teatralidad. Pero una democracia que solo celebra el golpe verbal termina pagando el costo en calidad institucional.
La solución no pasa por pedir un Parlamento sin conflicto. El conflicto es parte de la vida democrática. Los intereses son distintos, las visiones ideológicas también y los desacuerdos pueden ser profundos. El problema no es que diputados y senadores discutan. El problema es que discutan mal. La confrontación puede ser útil si ordena diferencias reales, muestra alternativas y permite decidir. Se vuelve destructiva cuando solo busca humillar, ocultar o desplazar responsabilidades.
Sería deseable que el Congreso adoptara reglas políticas y culturales más exigentes. No necesariamente nuevas sanciones, sino estándares de responsabilidad. Que las preguntas reciban respuestas. Que las críticas no sean contestadas únicamente con antecedentes ajenos. Que las comisiones produzcan informes claros. Que las audiencias públicas obliguen a escuchar. Que los proyectos sean defendidos por su contenido, no por la identidad partidaria de quien los presenta. Que la palabra parlamentaria recupere valor institucional.
También hace falta recuperar una idea básica: el ciudadano no está obligado a elegir entre dos errores. Que un bloque haya fallado no autoriza al otro a fallar. Que una gestión haya sido deficiente no convierte en aceptable la deficiencia siguiente. Que un adversario sea incoherente no vuelve coherente al propio sector. La república no mejora cuando cada grupo compite para probar que el otro es peor. Mejora cuando cada uno acepta responder por lo que hace.
El “sí, pero tú” es cómodo porque evita la incomodidad de la autocrítica. Pero la autocrítica es una condición de madurez institucional. Un Parlamento que nunca se revisa se convierte en una máquina de justificar. Un dirigente que nunca admite errores pierde contacto con la realidad. Un bloque que solo mira la culpa ajena termina repitiendo aquello que dice combatir. La responsabilidad no empieza cuando el adversario cambia; empieza cuando cada representante acepta responder por su propio mandato.
República Nova necesita un Congreso adulto. No un Congreso dócil ni silencioso, sino adulto: capaz de discutir con firmeza, disentir con razones, controlar con seriedad y reconocer errores sin convertir cada sesión en una pelea escolar. Los ciudadanos no enviaron a sus representantes al recinto para que demuestren quién tiene menos culpa. Los enviaron para que hagan mejor aquello que otros hicieron mal, para que legislen con responsabilidad y para que recuerden que el poder público no es un escenario de excusas.
La política del “sí, pero tú” puede dar ventajas discursivas momentáneas, pero empobrece la democracia. Cada vez que una respuesta pública evita el fondo de una pregunta, el Congreso pierde una oportunidad de recuperar confianza. Cada vez que un legislador responde como si la culpa ajena absolviera la propia, la representación se achica. Y cada vez que la ciudadanía acepta ese juego como normal, la república se acostumbra a una forma menor de la política.
El desafío institucional es abandonar la lógica infantil sin abandonar el debate. Discutir más seriamente, no discutir menos. Controlar más rigurosamente, no callar. Recordar el pasado cuando sea necesario, pero no usarlo como escondite. La democracia no exige representantes perfectos, pero sí representantes responsables. Y la responsabilidad empieza por una frase que el Congreso debería recuperar con urgencia: sobre esto que hicimos, esta es nuestra explicación.